martes, 3 de marzo de 2009

La cultura de la crisis


Jesús Ríos
Editor Long Island al Día
Fernand Brandel decía que el capitalismo es un” privilegio de pocos”, impensable sin la complicidad de la sociedad y que de algún modo, la sociedad entera debería aceptar sus valores.
En este sentido, si la actual crisis tiene algo de la quiebra moral de la ética capitalista, es porque ha llevado los valores del capitalismo a unos límites en que es casi imposible aceptarlos. La actual crisis es en cierto modo, el estallido final de un proceso de individualización, en donde una mezcla de simplismo liberal en lo económico y la rigidez conservadora en lo moral y cultural, fueron el detonante para acelerar su estallido.
La globalización juntó los dos procesos que ahora viven en crisis. La actual crisis económica, es la primera en el marco de la globalización. Empujados por su cultura, entramos en una era de presente continuo, en donde el dinero , las mercancías y la ideas, van de punta a punta del planeta a golpe de Internet.
En ese mundo sin futuro, imperó el principio del rendimiento rápido, sin proyecto, solo buscando resultados, así es el principio del capital de riesgo, dispuesto a ganarlo todo en un solo negocio, en un tiempo relámpago, aún a riesgo de agotarlo para siempre.
De otro lado, está el principio cultural del consumismo, en el que el deseo de lo nuevo, nos impone la insaciabilidad como signo de la competividad y ese es el principio cultural de los empresarios. Pero todo tiene un límite y el capitalismo financiero también lo tiene y cuando se rebasan los límites, saltan los fusibles y si se tarda en repararlos, empieza el punto de autodestrucción. Todo sistema tiene su punto catastrófico.
Hasta ese punto hemos llegado.
La época del capitalismo financiero es una modernización sin los límites de la cultura moderna: La dignidad del ciudadano y la primacía del interés general.
Es por ello que cualquier gobernante que se respete, tiene que voltear sus ojos hacia una nueva cultura y olvidar la equivocación histórica que nos sumió en el desastre de hoy.
Las medidas que se delineen, deben estar conducidas al mejoramiento de la calidad de vida de quienes producen la riqueza, con respeto y dignidad para inversores y productores.
En este escenario vienen a aparecer quienes lógicamente se encuentran envueltos en su desarrollo. Un grupo le echará la culpa a la política hasta que la necesiten y apelen a su ayuda, así los verdaderos dueños del desastre, los que construyeron un sistema económico concentrador y salvaje, no se sienten tan culpables de responsabilidad alguna. El problema es del sistema dirán, como si se tratara de una catástrofe natural.
Otros acudirán al nacionalismo obsoleto, gritando a los cuatro vientos que EE.UU. y su liderazgo en el mundo está en peligro, porque se olvidaron los principios del capitalismo, base fundamental de la grandeza de esta nación.
Los demás, quienes pierden sus casas, perdieron sus ahorros, vieron desaparecer los empleos, no tienen seguro médico, son perseguidos por su raza, sexo o religión, por su carácter migratorio, o simplemente por pertenecer a una nacionalidad diferente a la americana, esperan que de las cenizas como en el ejemplo del ave fénix, resurja una América digna, líder, visionaria, que le devuelva a esta nación, la brillantes del pasado, ahora si, basado ese brillo en el respeto por sus propios ciudadanos, por sus necesidades, por sus aportes, que nos lleven a todos a volver a anhelar la conquista del sueño americano, un sueño del que despertemos felices y no de la pesadilla en la que nos sumieron los ultraconservadores que ahora olvidan que son la causa de la debacle, por su apoyo a una cultura en la que todo es posible, confundiendo los límites con la ilegalidad, gestando una cultura en donde la religión es un consuelo y el miedo es su instrumento paralizador.

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